Blog

 

INTRODUCCIÓN AL ARTÍCULO

La sociedad postmoderna, ha venido revolucionado de una forma drástica las costumbres, las estructuras familiares, los modos de vida y en general las maneras de pensar. En ésta transformación, los parámetros de la población  han ampliado su espectro, dando como resultado una pluralidad de ideas y de estilos de vida muy diferentes  que cada vez  están siendo más aceptados por cada sociedad. Valores o ideales que en su momento fueron compartidos y perseguidos por muchos, donde primaba  más unos conceptos universales que por ende unían más, ahora están totalmente diversificados, dando como resultado una multitud de  sentidos de vida.

En el siguiente artículo se desarrollan parte de estas ideas, buscando de alguna manera explicar la dirección en que la sociedad, los medios de comunicación y las ciencias modernas han marcado nuevos parámetros de existencia.  Los modos en que se asume la realidad, las formas de afrontar los problemas y el posicionamiento frente a la vida, hace que planteemos si quizás ésta revolución de la sociedad postmoderna  tiene unos efectos indeseados de los que aún muchos no son conscientes o no asumen su responsabilidad.

“Se ha pasado  en muy poco tiempo de un paradigma que nos decía que habíamos venido a este mundo para sufrir (un valle de lágrimas), a otro, oscuramente mezclado con los imperativos de la sociedad de consumo, que nos dice que hemos venido a este mundo para disfrutar. Comprobamos día a día como esa paradójica exigencia de disfrutar está teniendo efectos clínicos indiscutibles en muchos sujetos. Al mismo tiempo, los progresos de la técnica nos impulsan al culto de la avidez: con la técnica, lo posible se vuelve deseable y lo deseable instantáneamente necesario (como bien saben utilizar los “creativos” publicitarios). El síntoma de la “hiperactividad” que sufren (supuestamente) muchos niños actuales y que ha saltado recientemente a los mass-media (medios de comunicación) es una excelente metáfora de ese empuje feroz a la movilidad y el consumo constantes, a la cultura del zapping y de lo “fast”, de la inmediatez y del no-aburrimiento. Los que se dedican a la educación y la enseñanza constatan día a día los estragos de todo ello en los adolescentes que tienen en sus aulas.
Igualmente, el fenómeno de la des-responsabilización es cada día más manifiesto. Ya Nietzsche nos había advertido de ese error peligroso cuando escribió en su “Genealogía de la moral”: “Sufro: indudablemente alguien tiene que ser el causante, así razonan las ovejas enfermizas”. En palabras de Pascal Bruckner, la tentación de la inocencia es una creciente enfermedad del individualismo actual que se expande en dos direcciones, el infantilismo y la victimización, dos maneras de huir de la dificultad de ser, dos estrategias de la irresponsabilidad bienaventurada. Es algo comprobable también cada vez más en la práctica clínica de psicólogos y analistas, así como en la vida cotidiana y en los medios de comunicación.
Declararse inocente es efectivamente muy tentador. Se produce una infantilización que resulta muy cómoda. Si alguien sufre, si tiene malestares ó síntomas diversos, siempre puede recurrir a buscar la causa de los mismos en dos polos extremos: la biología o lo social. El sujeto así se des-responsabiliza. No es él, son sus genes, sus enzimas, sus hormonas, sus circuitos neuronales, o, en el otro extremo, la sociedad, con sus presiones, sus injusticias y sus exigencias. Esa dialéctica es muy evidente, por poner un solo ejemplo, en el caso de la supuesta epidemia actual de los trastornos de la alimentación. Frente a la anorexia, las respuestas más inmediatas son la apelación a algún trastorno bioquímico causal y, simultáneamente y en el otro polo del arco etiológico, la acusación a los estereotipos sociales de los dictados de la moda y del culto a los cuerpos bellos. Cualquiera que reflexione mínimamente sobre dichos fenómenos se dará cuenta enseguida de que, en todo caso, el cuerpo anoréxico hace una suerte de escarnio de esos dictados de belleza (en lugar de alienarse a ellos) y a la vez parece rechazar la cultura de la superabundancia y del consumo sin límites. En la escucha atenta de muchos de esos sujetos pueden rastrearse las marcas del encuentro con un Otro materno que, en palabras de Lacan, “le atiborra con la papilla asfixiante de lo que tiene, es decir confunde sus cuidados con el don de su amor”. Sin duda esa dinámica estructural puede darse en cualquier etapa histórica pero ¿no es cierto que su lógica tiene un eco siniestro (y reduplicador) en los imperativos bulímicos del capitalismo actual?”.

Parte de un Artículo publicado originalmente “La sociedad terapéutica”, número 3-4 de la revista de Espai en Blanc

Author: Sergi Casaponsa

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>